Quidquid luce fuit, tenebris agit. Pero también a la inversa. Las vivencias que tenemos mientras soñamos, suponiendo que las tengamos a menudo, acaban por formar parte de la economía global de nuestra alma lo mismo que cualquier otra vivencia “realmente” experimentada: merced a esto somos más ricos o más pobres, sentimos una necesidad más o menos, y, por fin, en pleno día, e incluso en los instantes más joviales de nuestro espíritu despierto, somos llevados un poco en andaderas por los hábitos contraídos en nuestros sueños. Suponiendo que alguien haya volado a menudo en sus sueños y, al final, tan pronto como se pone a soñar cobra conciencia de que la fuerza y el arte de volar son privilegios suyos y constituyen asimismo su felicidad más propia y envidiable: ese alguien, que cree poder realizar toda especie de curvas y de ángulos con un impulso ligerísimo, que conoce el sentimiento de cierta ligereza divina, un “hacia arriba” sin tensión ni coacción, un “hacia abajo” sin rebajamiento ni humillación – ¡sin pesadez! ¡como un hombre que ha tenido tales experiencias y a contraído tales hábitos en sus sueños no va a terminar encontrando que la palabra “felicidad” tiene un color y un significado distintos, incluso para su día despierto!, ¿Cómo no va a aspirar a la felicidad – de modo distinto? En comparación con aquel “volar”, el “vuelo” que los poetas describen tiene que parecerle demasiado terrestre, muscular, violento, demasiado “pesado”. 

Friedrich Nietzche