EGOISMO: MOTOR DEL CAPITALISMO

El capitalismo –se dice- tiene una imagen realista del hombre. El socialismo –se dice- tiene una esencial tendencia a idealizarlo.

¿Qué significa : se dice? Se dice quiere decir que eso es lo que dice la gente. Quizá los teóricos, más sofisticadamente, también. Pero esos conceptos pertenecen a lo que podríamos llamar saber popular.

Bien, interroguemos al saber popular. ¿Qué es lo que sabe? Sabe y dice que el socialismo es bueno, que es una bella idea, pero que es –precisamente– esto: una idea. Tan bella, tan alejada de la verdadera naturaleza del hombre que está condenada al fracaso. De este modo, el sujeto del socialismo –el hombre– no se merece el socialismo, ya que por su congénita naturaleza indigna es incapaz de realizarlo. El socialismo pertenece al mundo de los sueños, de las utopías. Cuando se realiza –cuando el socialismo se vuelve real—la iniquidad de la naturaleza humana lo pervierte. Palabras más, palabras menos, esto es lo que mucha gente –que no citara a Marx ni a Lenin para avalar estos argumentos—piensa del socialismo.

Hay algo de cierto en esto. Los grandes teóricos del capitalismo jamás apostaron a la grandeza del alma humana. Construyeron una filosofía de mercaderes para una sociedad de mercaderes. Recurramos a un texto. Pero no a uno cualquiera, sino a uno de Adam Smith y su obra fundamental: Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones.

¿Qué idea tiene del hombre? ¿Qué antropología se agita en ese libro? ¿Qué virtud reclama de la naturaleza humana para construir la sociedad? ¿El amor, la comprensión, la compasión, el altruismo? No.

Smith descubre una fuerza poderosa en el alma humana – tan poderosa que casi la constituye en totalidad—y hace de ella, por decirlo asi, el motor de los procesos económicos. Esa fuerza es el egoísmo. Y el texto (se me perdonará por introducir una cita larga en una nota corta, pero es imprescindible) en el que Smith hace del egoísmo el centro del hombre capitalista es el siguiente:

“El hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide (…) No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio ínteres. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo: ni les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas’’.

Queda, así, constituida la sociedad de competencia, que se basa, naturalmente, en el egoísmo. cada cual persiguiendo su propia necesidad hará lo necesario para construir una sociedad en que la necesidad de todos quede satisfecha. Esto es, digámoslo claramente, una superchería. La sociedad de competencia exaspera las peores tendencias de la condición humana.

No obstante, el capitalismo tiene una visión positiva de este abismo ético. La competitividad –afirma—estimula el ingenio. La creatividad, el impulso vital. Una sociedad de mercaderes establece la justicia en el ámbito del mercado: en sus igualdades y desigualdades. Cada uno – por sus propios méritos o por sus propias carencias – acabará ocupando el lugar que merece. Eliminar el egoísmo como centro de la ética es eliminar el motor de la iniciativa privada, su riqueza creativa, su inventiva infinita.

De aquí que Adam Smith nada espera de la benevolencia del carnicero. ¡Qué concepto! No lo extraviemos: la benevolencia del carnicero!. Insistamos : ¿Qué espera Smith de ella? Nada. Al carnicero, Smith le dice: ‘’No quiero nada de tu benevolencia, guárdese su benevolencia, quiero su egoísmo, véndame su mercancía y extraiga de ella su ganancia, eso dará dinamismo al mercado”. “Qué espera el socialismo de la benevolencia del carnicero? Todo. para decirlo claramente: no hay socialismo sin la benevolencia del carnicero, ya que el socialismo le reclama lo mejor de sí, esto es: su benevolencia. Le dice: “Deje de lado su egoísmo. Sólo logrará apartarlo de sus congéneres. Ábrase a los sentimientos humanitarios. Entréguese a la construcción de una sociedad igualitaria, sin privilegios, sin injusticias’’.

Para Smith se puede fundar una ética sin la benevolencia del carnicero. Más aún: la ausencia de esa benevolencia – y el egoísmo ocupando su lugar — es lo que posibilita la construcción de un orden social y económico. Para el socialismo, nada es concebible sin la benevolencia del carnicero. Pero en vano la logrará del carnicero smitheano, puesto que este es un ser egoísta, cerrado a la generosidad, a la aventura de unir su destino a los otros. Es un mercader. Un mercader al que, en verdad, es muy difícil echar del Templo.

Imaginemos a Walter Benjamín frente al carnicero de Smith. Imaginemos a Benjamín diciéndole que sólo hay una ética posible: unir nuestro destino con el de los castigados de este mundo, ofrecerles nuestra compasión y nuestro amor.
¡Que brutal carcajada recibiría como respuesta! Y algo más: a la carcajada del carnicero se uniría la del propio Smith. Pobrecito –pensaría– este hombre tan frágil y sensible. ¿Para qué quieren la historia y la economía la benevolencia del carnicero?. Sólo reclaman su eficacia, y su eficacia sólo podrá provenir de su egoísmo.

De aquí que resulte absurdo esperar que el capitalismo solucione los problemas comunitarios del ser humano. Es un sistema de mercaderes, con una filosofía y una sensibilidad de mercaderes. ‘’El sistema –escribe Frèderic Gaussen columnista de Le Monde— sólo puede sobrevivir gracias a las desigualdades y a las injusticias que engendra, y únicamente los ingenuos pueden sorprenderse. Los 3 millones de desocupados son el precio que tiene que pagar Francia por la modernización de su economía y por su enriquecimiento. Y la miseria de África, de América Latina o de los países del Este son la condición del desarrollo de Occidente’’.

Se habla hoy, con enorme insistencia, del fracaso del socialismo.

Sin duda, los fracasos han sido muchos. Sobre todo: el fracaso del socialismo estatalista soviético. Pero existe en el socialismo — como parte de su ser — la pasión por responder a los problemas políticos y sociales reclamando del hombre, no lo peor, sino lo mejor de sí. El socialismo reclama la benevolencia del carnicero. Quizá sea un gesto imposible, patético para muchos.

“Pero alguien, todavía, tiene que exigir sobre este mundo lo imposible, para que algunas cosas sean posibles y hagan la vida más digna de ser vivida”.

Frase cuyo insalvable candor –sobre todo en una época cruzada por el pragmatismo, el escepticismo y el realismo salvaje— radica en rescatar, ahora, con el socialismo en el llano, un utopismo programático, que no postula su segura realización, pero que lejos de apostar por las aristas más oscuras de la condición humana, espera algunos frutos de sus excelencias.

(Por José Pablo Feinmann)